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*El Vendedor de Joyas*

Aquel año, Isidoro, el regente de la pequeña y única tienda de regalos del pueblo, había decidido anunciar de un modo incesante, casi obsesivo las grandes ofertas y novedades de género y presentes de los que estaba haciendo acopio de cara a las fiestas de la Navidad.

Él siempre había sido un hombre humilde, de pocos alardes y de maravillosa templanza. La gente murmuraba y comentaba, estaban realmente sorprendidos con aquella nueva actitud del vendedor. La expectación era máxima, de hecho, todos habían decidido adelantar las compras de los regalos. 

En la tarde de la Nochebuena se produjo un acontecimiento del todo inusual, no sólo porque las gentes del pueblo no destacaban por su impaciencia sino porque también el número de vecinos era bastante reducido. El alboroto y la algarabía que se habían formado llegaba hasta los pueblos vecinos, incluso un poco más allá. Se había formado una gran cola (abstracta y perfecta) de gentes venidas incluso de nadie sabía dónde. Si por un momento hubiéramos imaginado una vista en panorámica desde el cielo el resultado se resumía en el más bonito adorno de luces, alegría y color del pueblo. Todos ellos formaban el espíritu de la Navidad y todas las calles destilaban aroma de paz.

El impacto no podía ser más grande cuando, según iban llegando a la puerta del local, descubrían que Isidoro había vaciado todas las estanterías, no había absolutamente nada salvo una gran bandeja de plata grabada con sus iniciales que nunca había estado a la venta ya que era un legado de su abuelita Feli. 
Pero tan pronto se acercaban un poco más ya ni recordaban el motivo por el que habían llegado hasta allí, inmediatamente se acurrucaban en los brazos de un entrañable y misterioso ancianito que había permanecido en aquella puerta todos los días del año y que todos los vecinos abrazaban al pasar.

Aquel mágico día de Nochebuena, Isidoro, se sentó en su antigua butaca y, como si pudiera retroceder en el tiempo, contempló con sorpresa, orgullo y admiración a través del reflejo de aquella bandeja de plata, cada abrazo empapado de sonrisas y de amor que el ancianito dedicaba a cada persona rodeando con verdadera ternura su cuerpo; recordó y revivió ese escalofrío que le recorrió la primera vez que aquella imagen inundó su corazón y le hizo sentir el vendedor de joyas más afortunado de la historia. Nunca nadie pudo captar tanta belleza y emoción. Y fue así como aquel año todo el mundo tuvo su regalo de Navidad.

* * * * * *

(Gracias a todos por ser el regalo, la dicha, la vida, el amor, la emoción. Gracias por vuestro abrazo. *FELIZ NAVIDAD*)

24 diciembre 2014

*El Vendedor de Joyas*

Aquel año, Isidoro, el regente de la pequeña y única tienda de regalos del pueblo, había decidido anunciar de un modo incesante, casi obsesivo las grandes ofertas y novedades de género y presentes de los que estaba haciendo acopio de cara a las fiestas de la Navidad.

Él siempre había sido un hombre humilde, de pocos alardes y de maravillosa templanza. La gente murmuraba y comentaba, estaban realmente sorprendidos con aquella nueva actitud del vendedor. La expectación era máxima, de hecho, todos habían decidido adelantar las compras de los regalos. 

En la tarde de la Nochebuena se produjo un acontecimiento del todo inusual, no sólo porque las gentes del pueblo no destacaban por su impaciencia sino porque también el número de vecinos era bastante reducido. El alboroto y la algarabía que se habían formado llegaba hasta los pueblos vecinos, incluso un poco más allá. Se había formado una gran cola (abstracta y perfecta) de gentes venidas incluso de nadie sabía dónde. Si por un momento hubiéramos imaginado una vista en panorámica desde el cielo el resultado se resumía en el más bonito adorno de luces, alegría y color del pueblo. Todos ellos formaban el espíritu de la Navidad y todas las calles destilaban aroma de paz.

El impacto no podía ser más grande cuando, según iban llegando a la puerta del local, descubrían que Isidoro había vaciado todas las estanterías, no había absolutamente nada salvo una gran bandeja de plata grabada con sus iniciales que nunca había estado a la venta ya que era un legado de su abuelita Feli. 
Pero tan pronto se acercaban un poco más ya ni recordaban el motivo por el que habían llegado hasta allí, inmediatamente se acurrucaban en los brazos de un entrañable y misterioso ancianito que había permanecido en aquella puerta todos los días del año y que todos los vecinos abrazaban al pasar.

Aquel mágico día de Nochebuena, Isidoro, se sentó en su antigua butaca y, como si pudiera retroceder en el tiempo, contempló con sorpresa, orgullo y admiración a través del reflejo de aquella bandeja de plata, cada abrazo empapado de sonrisas y de amor que el ancianito dedicaba a cada persona rodeando con verdadera ternura su cuerpo; recordó y revivió ese escalofrío que le recorrió la primera vez que aquella imagen inundó su corazón y le hizo sentir el vendedor de joyas más afortunado de la historia. Nunca nadie pudo captar tanta belleza y emoción. Y fue así como aquel año todo el mundo tuvo su regalo de Navidad.

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(Gracias a todos por ser el regalo, la dicha, la vida, el amor, la emoción. Gracias por vuestro abrazo. *FELIZ NAVIDAD*)