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*Recalculando La Ruta*


*Ilustración de Alfonso Casas*
Pues resulta que en mi casa (o mejor dígase la de mis padres, que es donde me biencrié), que somos muy refraneros, solemos decir a modo de consolación y aceptación del caos más absoluto y evidente que... "Ningún perdido se pierde", pues bien, yo soy el "perdido que se pierde".

Y como parece que en esta época estival tan bonita y aventurera todo el mundo aprovecha para irse de viaje, yo estoy pensando que voy a ver si me centro y me voy re-ubicando, porque resulta que me paso el día viajando, vaya que sí... y es que este corazón mío se las pasa latiendo de acá para allá de aventuras en historias y de sonrisas en lamentos.

Y está claro que todos sabemos cómo y cuándo comienza un viaje pero... ¿cómo termina? ¿cuándo? y ¿por qué?.  A mi me encanta la improvisación, soy aventurera a más no poder... ¡me meto en cada lío! Por mucho esmero que haya puesto en preparar el equipaje, siempre se me olvida algo. Latir de este modo está sujeto a innumerables imprevistos de todo tipo y para algunas cosas una nunca está preparada. Imaginemos, por ejemplo, que mi mueca desgobernada se queda atrapada en la retina de un alma sedienta de calma; imaginemos también que la poca suerte de mis chistes malos, mi ironía bienintencionada o mis refranes a destiempo se entremezclan como bebida adulterada en las venas de algún precioso ser atravesando un mar de turbulencias inesperadas que azotan sin piedad algún tramo de su propio viaje... Pues imaginad conmigo, por favor, porque el desastre está servido, y mientras atravieso a velocidad terminal tres barreras de prohibido el paso, tiro a derecho una rotonda de seis salidas y me dejo la última oportunidad de cambio de sentido, llego a un tramo sin iluminar con frenado de emergencia en el que me quedan tres o cuatro pulsaciones distraídas gritando en el mismísimo filo de un gigantesco abismo ¿¡quién coño ha quitado ese puente de ahí!? (y es que a veces también me gusta ser mal-hablada: ¡¡cojones ya!!).

Pues que así me paso el tiempo, queridos, de acá para allá conquistando sueños imposibles y, sobre todo, corazones increíbles. Y cuanto más perdida estoy más viva me siento.

Así pues, con tanto ajetreo y la maleta perdida, me quedo parada en la misma orilla. Mi corazón valiente quiere seguir la ruta, sabe que no se equivoca, la manera fácil sería la más absurda, así que voy a apresurarme a trazar de nuevo caminos y playas, lo único que fallaba eran los viejos mapas. 

Menos mal que cuento con un par de vocecillas -con nombres y apellidos, nada que ver con ese fastidioso TomTom que perseguía a JerryJerry y que nadie conoce- que con mucho cariño y grandes dosis de paciencia me orientan y cuidan cuando me caigo, me sonríen y me arrullan y me recuerdan que, hace la friolera de unos tres segundos, estamos,... "Recalculando la Ruta".

11 julio 2016

*Recalculando La Ruta*


*Ilustración de Alfonso Casas*
Pues resulta que en mi casa (o mejor dígase la de mis padres, que es donde me biencrié), que somos muy refraneros, solemos decir a modo de consolación y aceptación del caos más absoluto y evidente que... "Ningún perdido se pierde", pues bien, yo soy el "perdido que se pierde".

Y como parece que en esta época estival tan bonita y aventurera todo el mundo aprovecha para irse de viaje, yo estoy pensando que voy a ver si me centro y me voy re-ubicando, porque resulta que me paso el día viajando, vaya que sí... y es que este corazón mío se las pasa latiendo de acá para allá de aventuras en historias y de sonrisas en lamentos.

Y está claro que todos sabemos cómo y cuándo comienza un viaje pero... ¿cómo termina? ¿cuándo? y ¿por qué?.  A mi me encanta la improvisación, soy aventurera a más no poder... ¡me meto en cada lío! Por mucho esmero que haya puesto en preparar el equipaje, siempre se me olvida algo. Latir de este modo está sujeto a innumerables imprevistos de todo tipo y para algunas cosas una nunca está preparada. Imaginemos, por ejemplo, que mi mueca desgobernada se queda atrapada en la retina de un alma sedienta de calma; imaginemos también que la poca suerte de mis chistes malos, mi ironía bienintencionada o mis refranes a destiempo se entremezclan como bebida adulterada en las venas de algún precioso ser atravesando un mar de turbulencias inesperadas que azotan sin piedad algún tramo de su propio viaje... Pues imaginad conmigo, por favor, porque el desastre está servido, y mientras atravieso a velocidad terminal tres barreras de prohibido el paso, tiro a derecho una rotonda de seis salidas y me dejo la última oportunidad de cambio de sentido, llego a un tramo sin iluminar con frenado de emergencia en el que me quedan tres o cuatro pulsaciones distraídas gritando en el mismísimo filo de un gigantesco abismo ¿¡quién coño ha quitado ese puente de ahí!? (y es que a veces también me gusta ser mal-hablada: ¡¡cojones ya!!).

Pues que así me paso el tiempo, queridos, de acá para allá conquistando sueños imposibles y, sobre todo, corazones increíbles. Y cuanto más perdida estoy más viva me siento.

Así pues, con tanto ajetreo y la maleta perdida, me quedo parada en la misma orilla. Mi corazón valiente quiere seguir la ruta, sabe que no se equivoca, la manera fácil sería la más absurda, así que voy a apresurarme a trazar de nuevo caminos y playas, lo único que fallaba eran los viejos mapas. 

Menos mal que cuento con un par de vocecillas -con nombres y apellidos, nada que ver con ese fastidioso TomTom que perseguía a JerryJerry y que nadie conoce- que con mucho cariño y grandes dosis de paciencia me orientan y cuidan cuando me caigo, me sonríen y me arrullan y me recuerdan que, hace la friolera de unos tres segundos, estamos,... "Recalculando la Ruta".