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*El Motivo*

Gemma era una niñita muy especial. Inocente, tierna, frágil y con un extraordinario sentido del humor. Hacía mucho tiempo que habitaba en el país de los sueños, apenas recordaba cuándo fue la última vez que tuvo uno, ya que un hermoso día de invierno, el universo la regaló el gran milagro de conseguir el suyo para siempre, y es así como su vida se convirtió en su gran sueño.

Allí era muy feliz, su gran espíritu de niña la permitía vivir todas aquellas aventuras que podía imaginar. El poder de la naturaleza abrigaba su corazón, millones de estrellas alumbraban sus mejillas, batallones de seres mágicos alimentaban sus sonrisas y con magia infinita reinventaba danzas y carcajadas que regalaba al viento.

-"Gemma en el país de los sueños" de Isabel Soriano Botello-
Todos los días, justo un rato antes de ponerse el sol, le gustaba sentarse en un pequeño banquito de madera situado en el centro de "la pradera dorada" (así la llamaba), y es que Gemma tenía un hermoso tesoro. Nunca supo de dónde o porqué apareció, pero tampoco la importaba, ella tenía el tesoro más hermoso que existía. Era una pequeña florecilla aterciopelada de color rojo fuego y era justo en aquel instante en el que brillaba con tanto esplendor que hacía que todo se paralizase a su alrededor para contemplarla. Una aureola de belleza y ternura inundaba por un instante su pequeño país de los sueños.

Un buen día, envuelta entre alegría y sorpresa, recibió la inesperada visita de un maravilloso ser, era un niñito rubio, con gesto serio y despistado que caminaba un tanto divertido y vestía con un jersey a rallas. Apenas se hubo acercado un poquito Gemma pudo sentir -aún con los ojos cerrados- lo grande y fuerte que latía su corazón, sus ojos estaban llenos de vida, de magia, de ilusión.
El niño volvió a visitarla durante un tiempo, según aparecía, Gemma le cogía de la mano y como si nunca hubieran estado le llevaba casi volando a contemplar cada recóndito lugar, los dos corazones latían a la vez y -aunque el niño nunca habló- ambos disfrutaban de su compañía. 

Las últimas veces que le vio, "el niño del jersey a rallas" estaba un poco más serio de lo habitual, parecía algo distraído e incluso podría decirse que enfadado. Gemma se esmeró todo lo posible en devolverle la sonrisa, pero sentía un extraño pellizco en su interior que la hacía intuir que nada más podía hacer. Así fue como lo sintió alejarse y llegado el momento de la despedida la niñita le pidió que se sentase a su lado en aquel pequeño banco de madera donde sólo ella solía descansar. Instantes después y justo en el momento de máximo esplendor, le regaló su más preciado tesoro. El niño estaba realmente prendado de tanta belleza, cogiéndolo entre sus manos esbozó una bonita sonrisa (la que tantas veces ella pudo desear) y sin echar la vista atrás despareció.
Nunca más la volvió a visitar.

Pasado algún tiempo la pequeña Gemma se sentó en su banco a descansar, cerró los ojos y comenzó a recordar a aquel niñito del jersey a rallas, invadida por la nostalgia de su ausencia sintió como una lágrima se deslizaba fría y decidida sobre su hermosa carita. Fue entonces cuando de nuevo la magia hizo presencia en su eterno sueño y de aquella lágrima otra bella rosa brotó. En aquel momento por fin pudo comprender que su tiempo de tristeza debía de ser transformado en alegría y dejar de perseguir y lamentar un motivo que jamás existió. Sencillamente aquel entrañable niño tuvo la suerte de encontrarla entre sus sueños y fue honrado con la dicha de un maravilloso tesoro que tal vez le ayudase a encontrar su gran sueño en otro lugar.
Sólo cuando lo hubiera encontrado sería por fin consciente de que la verdadera esencia de aquella flor residía en la grandeza de un pequeño corazón de niña y cuyo brillo sólo habría desaparecido cuando él hubiera echado su hermoso y fugaz recuerdo al olvido.

En el transcurrir del tiempo Gemma ha entendido que no existe la alegría sin tristeza, ya que sólo así puede llegar a sentir la verdadera grandeza de su alma y que sólo logra alcanzar  la felicidad máxima cuando -en el más noble gesto de amor- puede embellecer el mundo de cada personita que busca su gran sueño, regalando su más preciado tesoro convertido en mágica y eterna flor.

15 agosto 2014

*El Motivo*

Gemma era una niñita muy especial. Inocente, tierna, frágil y con un extraordinario sentido del humor. Hacía mucho tiempo que habitaba en el país de los sueños, apenas recordaba cuándo fue la última vez que tuvo uno, ya que un hermoso día de invierno, el universo la regaló el gran milagro de conseguir el suyo para siempre, y es así como su vida se convirtió en su gran sueño.

Allí era muy feliz, su gran espíritu de niña la permitía vivir todas aquellas aventuras que podía imaginar. El poder de la naturaleza abrigaba su corazón, millones de estrellas alumbraban sus mejillas, batallones de seres mágicos alimentaban sus sonrisas y con magia infinita reinventaba danzas y carcajadas que regalaba al viento.

-"Gemma en el país de los sueños" de Isabel Soriano Botello-
Todos los días, justo un rato antes de ponerse el sol, le gustaba sentarse en un pequeño banquito de madera situado en el centro de "la pradera dorada" (así la llamaba), y es que Gemma tenía un hermoso tesoro. Nunca supo de dónde o porqué apareció, pero tampoco la importaba, ella tenía el tesoro más hermoso que existía. Era una pequeña florecilla aterciopelada de color rojo fuego y era justo en aquel instante en el que brillaba con tanto esplendor que hacía que todo se paralizase a su alrededor para contemplarla. Una aureola de belleza y ternura inundaba por un instante su pequeño país de los sueños.

Un buen día, envuelta entre alegría y sorpresa, recibió la inesperada visita de un maravilloso ser, era un niñito rubio, con gesto serio y despistado que caminaba un tanto divertido y vestía con un jersey a rallas. Apenas se hubo acercado un poquito Gemma pudo sentir -aún con los ojos cerrados- lo grande y fuerte que latía su corazón, sus ojos estaban llenos de vida, de magia, de ilusión.
El niño volvió a visitarla durante un tiempo, según aparecía, Gemma le cogía de la mano y como si nunca hubieran estado le llevaba casi volando a contemplar cada recóndito lugar, los dos corazones latían a la vez y -aunque el niño nunca habló- ambos disfrutaban de su compañía. 

Las últimas veces que le vio, "el niño del jersey a rallas" estaba un poco más serio de lo habitual, parecía algo distraído e incluso podría decirse que enfadado. Gemma se esmeró todo lo posible en devolverle la sonrisa, pero sentía un extraño pellizco en su interior que la hacía intuir que nada más podía hacer. Así fue como lo sintió alejarse y llegado el momento de la despedida la niñita le pidió que se sentase a su lado en aquel pequeño banco de madera donde sólo ella solía descansar. Instantes después y justo en el momento de máximo esplendor, le regaló su más preciado tesoro. El niño estaba realmente prendado de tanta belleza, cogiéndolo entre sus manos esbozó una bonita sonrisa (la que tantas veces ella pudo desear) y sin echar la vista atrás despareció.
Nunca más la volvió a visitar.

Pasado algún tiempo la pequeña Gemma se sentó en su banco a descansar, cerró los ojos y comenzó a recordar a aquel niñito del jersey a rallas, invadida por la nostalgia de su ausencia sintió como una lágrima se deslizaba fría y decidida sobre su hermosa carita. Fue entonces cuando de nuevo la magia hizo presencia en su eterno sueño y de aquella lágrima otra bella rosa brotó. En aquel momento por fin pudo comprender que su tiempo de tristeza debía de ser transformado en alegría y dejar de perseguir y lamentar un motivo que jamás existió. Sencillamente aquel entrañable niño tuvo la suerte de encontrarla entre sus sueños y fue honrado con la dicha de un maravilloso tesoro que tal vez le ayudase a encontrar su gran sueño en otro lugar.
Sólo cuando lo hubiera encontrado sería por fin consciente de que la verdadera esencia de aquella flor residía en la grandeza de un pequeño corazón de niña y cuyo brillo sólo habría desaparecido cuando él hubiera echado su hermoso y fugaz recuerdo al olvido.

En el transcurrir del tiempo Gemma ha entendido que no existe la alegría sin tristeza, ya que sólo así puede llegar a sentir la verdadera grandeza de su alma y que sólo logra alcanzar  la felicidad máxima cuando -en el más noble gesto de amor- puede embellecer el mundo de cada personita que busca su gran sueño, regalando su más preciado tesoro convertido en mágica y eterna flor.